viernes, 28 de agosto de 2015

Actividad física, aunque sea poca...


Investigadores del Centre Hospitalier Universitaire de Saint-Étienne, en Francia, aseguran que caminar tan sólo 15 minutos al día, montar en bicicleta o nadar es suficiente para ayudar a las personas mayores a vivir más, según los resultados de una revisión de diferentes estudios que muestran que algo de actividad física siempre es mejor que nada.

En los mayores de 60 años se ha visto que practicar ejercicio de forma moderada o más intenso puede reducir hasta un 28% el riesgo de morir en 10 años, en comparación con aquellos que llevan una vida completamente sedentaria.

Pero incluso en aquellos que presentaban los niveles más bajos de actividad, se observó como la mortalidad también se reduce en un 22%, según los resultados que publica "British Journal of Sports Medicine".

"Si nuestros pacientes mayores no pueden hacer 150 minutos de actividad física moderada a la semana por alguna enfermedad crónica, les recomendamos que estén físicamente activos a la altura de sus posibilidades", ha reconocido David Hupin, autor del estudio.

De hecho, este experto ha reconocido que actualmente más del 60% de los mayores no pueden cumplir con el tiempo de actividad física que recomiendan las guías de actividad física para este colectivo.

Por ello, en su revisión de estudios querían analizar si con menos ejercicio también se conseguía algún beneficio para la salud, para lo que analizaron datos de un total de 122.417 hombres y mujeres de entre 60 y 101 años de Estados Unidos, Australia y Taiwán.

Los estudios evaluaron los niveles de actividad física de los participantes y su riesgo de fallecer por cualquier causa durante en los diez años siguientes al estudio, así como la percepción de su salud y la presencia de enfermedades y otros trastornos que pudieran aumentar su riesgo de mortalidad, como un colesterol elevado o sobrepeso.

Para cuantificar su actividad utilizaron la unidad de medida del índice metabólico (MET, en sus siglas en inglés), que representa la cantidad de energía gastada por minuto en una actividad específica. Así, si descansar supone 1 MET, hacer una actividad moderada como caminar podía conllevar entre 3 y 5,9 MET, y algo más activo como correr suponía 6 MET.

Con estos parámetros, se consideró una "dosis" de actividad física semanal baja aquella inferior a los 499 MET, mientras que pasaba a ser moderada si se situaba entre los 500 y 999 MET, o alta si superaba los mil MET.

De este modo, la tasa de mortalidad fue un 22% menor entre las personas que se encuadraban en la categoría más baja de MET, en comparación quienes no hicieron nada de ejercicio, más allá de las actividades cotidianas.

Y para las personas con una actividad moderada, que equivaldría a unos 150 minutos por semana de ejercicio, el riesgo de morir en los diez años siguientes se redujo hasta un 28%; y si el ejercicio superaba los mil MET, la tasa de mortalidad era un 35% menor.

La relación entre el ejercicio y el riesgo de mortalidad fue especialmente fuerte en el caso de las enfermedades cardiovasculares y, en menor medida, para el cáncer, señalan los investigadores.

Además, las mujeres mayores mostraron un mayor beneficio del ejercicio que los hombres, ya que el riesgo de mortalidad disminuyó en un 32% en comparación con los hombres (14%) en la categoría más baja de actividad, lo que podría deberse a que éstas subestiman su nivel de ejercicio.

jueves, 27 de agosto de 2015

Ejercicio físico para el cerebro


Un nuevo estudio revela que los ancianos que se entregan regularmente a actividades físicas de intensidad entre moderada y vigorosa poseen una actividad cerebral más variable en reposo que aquellos que no lo hacen. Esta variabilidad está asociada con un mejor rendimiento cognitivo.

El equipo de Art Kramer, examinó 100 personas con edades comprendidas entre los 60 y los 80 años, y usaron con ellas acelerómetros para medir de forma objetiva su actividad física a lo largo de una semana. Los investigadores utilizaron resonancia magnética funcional para observar cómo cambiaban los niveles de oxígeno en sangre en el cerebro con el paso del tiempo, reflejando la actividad cerebral de cada participante en reposo. También evaluaron la integridad microscópica de las fibras de materia blanca de cada persona, las cuales transportan impulsos nerviosos e interconectan el cerebro.

Hallaron que la actividad cerebral espontánea mostraba más fluctuaciones de un momento al siguiente en los sujetos más activos. En un estudio anterior, los investigadores mostraron que en algunas de las mismas regiones del cerebro, esas personas que tenían una variabilidad cerebral superior tenían asimismo un mejor rendimiento en tareas cognitivas complejas, especialmente en tareas de inteligencia y memoria.

Los investigadores también hallaron que, en promedio, los ancianos que eran más activos tenían una mejor estructura de la materia blanca que sus homólogos más sedentarios.

Todo esto sugiere que los ancianos que más se mantienen en buena forma física son más flexibles tanto cognitivamente como en términos de función cerebral más general, que sus homólogos más sedentarios.

Los resultados de la investigación se han hecho públicos a través de la revista académica PLoS ONE. La referencia del trabajo es la siguiente: Burzynska AZ, Wong CN, Voss MW, Cooke GE, Gothe NP, Fanning J, et al. (2015) Physical Activity Is Linked to Greater Moment-To-Moment Variability in Spontaneous Brain Activity in Older Adults. PLoS ONE 10(8): e0134819. doi:10.1371/journal.pone.0134819.


miércoles, 8 de julio de 2015

Hay que mirar como andan los mayores...



 
Ver a un hombre o una mujer mayor, andar, es muy predictivo de lo que es su salud general. La disminución de la velocidad de la forma de andar preferida se asocia con un mayor riesgo a sufrir las caídas, con la discapacidad, con la hospitalización, y con el aumento de la mortalidad. 
Una velocidad de 1 metro por segundo significa que estas personas están riesgo de sufrir problemas de caídas por dolor de la espalda o de las piernas, problemas de la visión, deterioro cognitivo, depresión, etc. Por el contrario: mejorar la velocidad de la marcha se asocia con mayores tasas de supervivencia en las personas mayores.

En un análisis combinado de 9 estudios de cohortes, la supervivencia aumentó significativamente en incrementos de 0,1 metros por segundo. El entrenamiento de fuerza o una combinación de este tipo de entrenamiento con el aerobio parece prometedor, así como otras modalidades de entrenamiento como el del equilibrio, el de la funcionalidad, y de la flexibilidad.

En un estudio de Van Abbema y col (2015), se hace hincapié en la necesidad de realizar un gran meta-análisis actualizado. La hipótesis de los autores citados es que, el entrenamiento progresivo de fuerza ejerce un efecto significativo sobre la velocidad de la marcha preferida. Por otra parte, una combinación con el entrenamiento del equilibrio, o el de la resistencia puede aumentar este efecto. La conclusión preliminar a la que llegan los autores tras el estudio de varios meta-análisis es que, el entrenamiento progresivo de fuerza, realizado a gran intensidad, parece la modalidad de ejercicio más eficaz, para mejorar la velocidad de la marcha preferida. La adición del entrenamiento del equilibrio o la del entrenamiento del equilibrio con el de resistencia no parece contribuir a mejorar el efecto positivo del entrenamiento de fuerza.

Otro componente prometedor que necesita más investigación es el ejercicio con un componente rítmico, posiblemente el entrenamiento que mejore las funciones cognitivas superiores, que son tan importantes para la marcha. Se necesitan más datos a largo plazo para adquirir más conocimientos en el campo de velocidad de la marcha a lo largo del tiempo, después de finalizadas las intervenciones, y lo que se necesita para mantener los beneficios del entrenamiento.

Tomado de una publicación del Dr Marcos Becerro

Renske Van Abbema, Mathieu De Greef, Celine Crajé, Wim Krijnen, Hans Hobbelen, and Cees Van Der Schans. What type, or combination of exercise can improve preferred gait speed in older adults? A meta-analysis. BMC Geriatr. 2015; 15: 72. Published online 2015 Jul 1. doi: 10.1186/s12877-015-0061-9 PMCID: PMC4488060

lunes, 29 de junio de 2015

La sarcopenia, ¡Ay la sarcopenia!



Se han identificado numerosos factores en la fisiopatología de la sarcopenia, que es una disminución de la masa muscular con la edad que lleva a incapacidad y lesiones al producirse caídas por dicho deterioro y que es un importante predictor de la fragilidad (fracturas de cadera, discapacidad y mortalidad). Dentro de estos factores se incluyen alteraciones genéticas, defectos mitocondriales, disminución de hormonas anabólicas (por ejemplo, la testosterona, la vitamina D, hormona de crecimiento y el factor de crecimiento semejante a la insulina IGF-1), exceso de citocinas inflamatorias, resistencia a la insulina, disminución de la ingesta de proteínas y la ausencia de actividad física. 

 


Pues bien, en estos últimos años se ha incrementado notablemente nuestra comprensión sobre los mecanismos moleculares implicados en esta patología, lo que da como resultado un aumento marcado en potenciales objetivos futuros para el tratamiento de la sarcopenia. En la actualidad, el ejercicio físico (de sobrecarga), la administración de suplementos de proteínas y vitamina D, se han establecido como el tratamiento básico de la sarcopenia. Al mismo tiempo, sabemos que altas dosis de testosterona aumentan la energía y la función muscular, pero tienen una serie de efectos secundarios limitantes. Otros fármacos, en desarrollo clínico, incluyen moduladores selectivos de receptores androgenicos (SARMs), agonistas de grelina, anticuerpos miostatina, receptor de activinas tipo II (ACVR2 o ActRIIA), inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, antagonistas beta, y activadores de troponina del músculo esquelético rápido.